The Descent (Un descenso al mismo Infierno)

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Recuerdo cuando vi esta película en el cine. Era el verano de 2005. Apenas había leído nada sobre ella y el cartel tampoco decía gran cosa, además de utilizar un eslogan sospechosamente parecido al de la maravillosa Pitch Black: “¿Miedo a la oscuridad? Lo vas a tener”. Pero venía bajo la firma de Neil Marshall, un director al que tenía fichado desde que 2 años atrás le descubriera en esa joya de terror serie B que fue Dog Soldiers. Y 5 minutos bastaron para disipar mis dudas y encontrarme clavado en la butaca con un nudo en el estómago. Eso es lo que duró el prólogo con el que el director británico nos dejaba claro que nos preparásemos para sufrir. Y a eso habíamos venido.

La historia gira en torno a 6 amigas aficionadas a los deportes de riesgo que emprenden una expedición en una cueva de Los Montes Apalache. La aventura se complica cuando se produce un desprendimiento y quedan atrapadas dentro. Juntas buscarán una nueva salida, pero pronto descubrirán que ese no será su mayor problema, pues no están solas, algo acecha en la oscuridad…

La película está dividida en dos partes. La primera mitad se acerca más al cine de aventuras, rodada con realismo y pulso, pero dejando una sensación de inquietud y agobio que no paran de crecer con el paso de los minutos. Ojo a la música de David Julyan, compositor fetiche de Christopher Nolan en su primera etapa (Memento, Insomnia, Truco Final), y que homenajea en algunos momentos los inolvidables acordes de Ennio Morricone en La Cosa. Así como el inteligente uso de la iluminación, ambos elementos indispensables para lograr una ambientación soberbia y convertirla en un personaje más.

Tras ese primer tramo, llega el golpe de efecto, el suspense estalla y deja paso al horror. Y no sólo porque empiecen a aparecer los primeros sustos y el gore, sino porque la eficaz construcción de personajes que ha ido realizando el director trascienden de la simple carnaza con la que satisfacer nuestros deseos de sangre. Realmente sentimos la angustia y el sufrimiento, la impotencia de verse superado por una situación límite y un enemigo desconocido. También se alzan los más primarios instintos de supervivencia, y eso también da miedo. La película se va tornando en una pesadilla de ritmo incesante que culmina en un festival de brutalidad sobrecogedor, con polémico giro final incluido.

En conclusión, The Descent fue una auténtica sorpresa en su día y una recomendación absoluta para quien no la haya visto. Con recursos limitados, pero con un trabajo encomiable de dirección y montaje, Neil Marshall logró una película completísima. Uno de esos ejercicios de nervios de punta y corazón en un puño cuyas concesiones al espectador son justitas, por no decir nulas. Y eso es algo que a los fanáticos del terror nos encanta. Magnífica.

Por @RedAppleReview

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